La raíz que baja bastante encuentra el mar.
Crucé volando entre el sueño y lo despierto, y descendí hasta tocar la raíz por debajo del agua.
I — Abro los ojos en el Agua
Lo primero no es ver. Es el peso.
La densidad me sostiene desde abajo, espesa como aceite tibio, y entra por todas partes sin ahogarme: por la nuca, por el hueco de las clavículas, por ese punto bajo el esternón donde el cuerpo guarda lo que no sabe decir. Se siente como agua tibia con la temperatura exacta de la sangre, de modo que no sé dónde termino yo y dónde empieza ella. Es Salada. Mi lengua la reconoce antes que la memoria: sal vieja, mineral, sal de algo que estuvo vivo hace mucho. Me pesan los párpados como si tuvieran tierra encima. Los abro despacio, y la luz no viene de arriba: viene de los lados, lechosa, sin sol, una claridad que no proyecta sombras.
Entonces lo entiendo, y lo entiendo con el estómago antes que con la cabeza: ya crucé.
No estoy llegando. Estoy del otro lado. El cuerpo lo sabe por cómo flota —sin esfuerzo, rendido, como quien por fin soltó algo que cargó nueve días—, y la mente lo confirma a tientas, hacia atrás. Porque hay un árbol en mí. No frente a mí: en mí. Lo siento como se siente una raíz que te crece hacia adentro, hacia el pecho, hasta enredarse en lo que late. El Árbol no está aquí. El Árbol es el recuerdo desde el que despierto.
Una niebla baja se mueve sobre el agua sin que haya viento. No avanza: rezuma, como si el aire mismo recordara despacio. Sé —sin haberlo visto— que alguien condujo un carro sobre estas olas como sobre una pradera florida, que para él esto que a mí me parece mar fue siempre campo abierto, tréboles, ganado pastando entre la espuma. Sé que ese alguien agitó un manto y, al agitarlo, alguien olvidó. Quizá fui yo. Quizá por eso desperté sin nombre.
Muevo una mano. La sal me arde en una marca del antebrazo que no recuerdo haberme hecho. El agua no me deja ver qué es. Solo el ardor, nítido, terco, anclándome al cuerpo mientras todo lo demás se deshace en bruma.
No avanzo hacia ninguna orilla. Me dejo rezumar hacia atrás, hacia el Árbol, porque el sueño no se cuenta hacia adelante: se gotea desde donde duele.
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II — El recuerdo del Árbol
Antes del agua hubo madera, y antes de la madera, vértigo.
Lo recuerdo desde aquí, desde esta flotación tibia, con la distancia de quien mira su propia muerte por encima del hombro. Estuve colgado. No caído: colgado, atado por mi propia voluntad a las ramas de aquello que sostiene los mundos, ofrecido por mí a mí mismo, sin que nadie viniera a bajarme. Nueve noches sin pan y sin agua, oscilando sobre un abismo que no tenía fondo porque el fondo era yo. Una lanza me abría el costado y la herida no manaba sangre: manaba frío, un frío que subía por dentro como savia al revés.
Había un pozo allá abajo, en la raíz, negro y quieto. Sé lo que se paga en ese pozo, porque lo pagué. Dejé caer en él un ojo —lel que veía las cosas como son— a cambio del otro, el que ve las cosas como serán. Desde entonces miro tuerto y miro de más. Lo que perdí no me lo devolvió nadie. Así se compra el saber del otro lado: no se hereda, no se regala, se entrega un pedazo de uno y se espera en la oscuridad a que algo responda.
Y algo respondió. Al noveno filo de la novena noche, cuando ya no quedaba en mí nada que no fuera hambre y viento, prendió un fuego que no venía de afuera. Brotó de la fricción de seguir colgando cuando todo el cuerpo pedía soltarse —ese fuego que no se enciende con yesca sino con la necesidad pura, con el roce de lo que se niega a morir contra lo que se niega a vivir—. Ardió en mí una forma. Así de un grito. La grité hacia arriba con la garganta rota, y el grito volvió convertido en signos, en surcos, en una escritura que no se lee con los ojos sino con la herida.
Caí entonces. O no caí: el Árbol, que era vertical, se inclinó tanto sobre el abismo que su raíz tocó algo húmedo, y ese algo húmedo era esto: el agua donde ahora floto. El descenso no terminó en el suelo. Terminó en el mar. Bajé tanto que la madera se volvió oleaje, y no me di cuenta del momento exacto en que el colgado dejó de colgar y empezó a flotar.
Eso es lo que el agua dejó atrás. Eso es lo que recuerdo desde la sal.
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III — Donde me parto en jaguar
Aquí el yo empieza a disolverse, y duele como se deshace la sal en la boca: sin violencia, solo disolviéndose.
El agua colma los bordes. Primero las manos —las miro y ya no sé cuáles son los dedos y cuál es la corriente—, después el nombre, después la certeza de tener un adentro distinto del afuera. La cripta del Árbol ya había empezado esta obra: allá colgado, en la sombra sin fondo, el yo se había ido gastando hasta quedar puro hueso de intención. Y al hueso le faltaba la última prueba: la de esa casa oscura bajo el agua donde a uno lo muelen como al maíz en la piedra y echan el polvo al río, a ver si sabe rehacerse. Es el agua la que termina de molerme. Me disuelvo en ella como se disuelve la harina, y no es muerte, aunque se le parece tanto que solo una cosa las separa, y esa cosa la guardo para el final.
De la molienda, del fondo, cuando ya casi no quedo yo, sube el otro. No de afuera: si no de la grieta que se abre cuando el yo se parte en dos.
Algo se separa de mí con el desgarro lento de una piel que se despega. Lo siento salir por la corona, por el lugar donde el craneo se funde en la carne, y al salir toma cuerpo —su cuerpo, que también es el mío—. Cuatro patas. Un peso bajo, musculoso, que se mueve por debajo del agua sin necesitar respirarla. Pelaje manchado de noche y de luna. Y un rugido que no oigo con los oídos sino que siento subir desde una cueva que late en mi pecho: el rugido de lo que duerme en el corazón de la montaña, el que retumba en las cavernas de piedra cuando algo sagrado va a emerger.
El jaguar que emerge no es un visitante. Es la mitad de mí que sabe caminar entre los mundos. Es el que vio mi cara en un espejo de obsidiana, allá en la noche más obscura, en ese cristal humeante donde lo oscuro se mira a sí mismo y aprende su propio nombre. Sube del polvo molido como suben los que supieron rehacerse en el río: no es que me salve de la disolución del yo, es que la atravieso y vuelvo del otro lado de ella con manchas y garras transformado. Yo no podía cruzar. El colgado no cruza: cuelga. El que flota no cruza: se ahoga despacio. Pero el que se desdobla, el que permite que la bestia salga del cuerpo y eche a andar dentro de ella —ese sí cruza—. La travesía no la hace el hombre. La hace el animal en que el hombre se parte.
Por eso me desdoble. Por eso el agua tuvo que molerme primero: para que la grieta se abriera, para que saliera el guardián de las entradas, el que vela los rumbos del mundo, el que tiene por oficio estar en la puerta entre lo que vive y lo que sueña. Voy montado en mí mismo. Soy el jinete y la fiera. Soy la cueva y lo que ruge en ella.
Y mientras avanzo así, partido, hacia la niebla, comprendo que no hay otra manera. Que el cuerpo entero no cabe por la rendija entre los mundos. Solo cabe lo que se atreve a romperse.
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IV — La sílaba, el nombre, la ley, la orilla
En el centro de la niebla, el jaguar se detiene. Y entonces caigo en la cuenta de que traje algo conmigo del otro lado.
Lo tengo en la palma. Cerrada bajo el agua, mi mano guarda algo pequeño y mojado, del tamaño de una semilla, del peso de una piedra de río. No es objeto: es sonido vuelto materia. Una sílaba. La saqué del fondo como quien saca un guijarro del lecho, sin saber por qué la elegí, sabiendo solo que era lo único que valía la pena traerse de allá. La aprieto. Late.
Abro la mano. Y al verla —al oírla, porque verla es oírla— la sílaba se desenrosca, llama a otra, y a otra, y de pronto ya no es un sonido suelto: es un nombre. Tiene principio y tiene cuerpo y tiene cola. Es un nombre entero, y lo conozco. Lo digo en voz baja, hacia el agua, y el agua no se lo traga: lo sostiene en la superficie como sostiene a la niebla.
Uay Balam.
Es el mío. El único nombre que esta visión se atreve a decir en voz alta no es el del Colgado del Árbol ni el del Jinete del Manto: es el del que sueña. Yo. El way y el jaguar, el brujo y la bestia, dichos por fin con la boca. Lo había perdido. Lo había perdido y ni siquiera lo sabía hasta este instante en que vuelve a mí desde la palma de mi propia mano.
Y al recuperarlo entiendo por qué lo perdí, y ese entender es el tercer peldaño, más hondo que los dos primeros. No se cruza gratis. La niebla que me dejó pasar cobró peaje en la puerta, y lo que cobró fue precisamente esto: mi nombre. Me disolví en el agua del Canto anterior, sí, pero no me disolví entero al azar —entregué algo concreto, lo más mío, para que la corriente me dejara atravesarla—. Entregué mi nombre como antes entregué un ojo en el pozo. Esa es la ley, y la ley es una sola, escrita en la raíz y en la sal con la misma tinta: no hay regreso sin pérdida. Nadie vuelve del otro lado con las manos llenas. Se vuelve con una sola cosa en la palma, y solo porque antes se vació de todo lo demás.
Y cuando comprendo la ley, el cuarto peldaño se abre solo, el más alto, el que estaba esperando debajo de los otros tres como el agua espera debajo de la raíz. Si para volver tuve que perderme, y si lo que recobro es el mismo nombre que perdí al cruzar, entonces nunca crucé de un sitio a otro. El Árbol y el Mar no eran dos lugares. Eran la misma agua, vista desde dos orillas que tampoco existían. Descender por la madera y atravesar por la niebla fueron un solo gesto, partido en dos por mis ojos de vigilia. La raíz que baja bastante no llega a otra cosa: llega a sí misma, mojada. El Árbol toca el Mar. Y lo toca aquí, en esta palma abierta, en esta sílaba que es un nombre que es el mío.
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V — De qué lado del agua
Subo. O algo en mí sube. La distinción ya no se sostiene.
El jaguar se va replegando, vuelve a entrar por donde salió, y al recogerse deja el cuerpo otra vez entero, uno solo, pesado de agua. La claridad lechosa cambia de grano. Se vuelve más dura, más mineral, como si la luz se estuviera convirtiendo en piedra mientras la miro. Y en ese endurecerse de todo, una sola cosa se aclara hasta el filo: el antebrazo.
La sal, al retirarse, despierta la marca. Ahí está, nítida donde todo lo demás se desvanece: el contorno de una fiera tatuado bajo la piel, oscureciéndose, como una cicatriz que la sal acabara de abrir o de cerrar —no sé cuál, y no importa cuál—. La tinta es negra y es roja, las dos tintas del que sabe. Es jaguar. Es mío. La toco con el otro pulgar y es real al tacto: tiene relieve, tiene borde, tiene la temperatura de la carne. Eso no es ambiguo. Eso es de piedra.
Lo ambiguo es todo lo demás. No sé si abro los ojos en el agua o sobre la cama. No sé si esta luz que se endurece es el amanecer del mundo despierto o el último resplandor del otro. No sé si la humedad de mi mano es mar o es sudor de haber soñado fuerte. La orilla en la que despierto no tiene nombre ni rumbo: es solo orilla, el filo exacto donde lo que sueña y lo que vela se tocan sin mezclarse, igual que el Árbol toca el Mar sin dejar de ser cada uno lo que es.
Hay una sola prueba de que volví, y es la única que pedí guardar cuando dije que una cosa separaba esto de la muerte. La cosa era el regreso. El muerto se queda del otro lado, disuelto, sin palma que apretar. Yo volví con algo en la palma —una sílaba, un nombre, el mío— y con una marca en el brazo que la sal vuelve a encender cada vez que el agua sube. Quien se queda allá no regresa a contarlo. Yo regreso. Eso, y no otra cosa, es lo que hace de esto un oficio y no una tumba.
No cierro los ojos. No los abro del todo. Me quedo en el filo, con la marca ardiendo y el nombre tibio en la mano, sin decidir de qué lado del agua estoy. Porque ya entendí que no hay dos lados. Solo hay agua, y un árbol que la toca por debajo, y un hombre partido en jaguar que aprendió a cruzarla de ida y —esto es lo raro, esto es lo difícil— de vuelta.
La raíz bajó bastante. Encontró el mar. Y el mar, esta vez, no se quedó con todo.
