El Maestro del Éxtasis

El Maestro del Éxtasis El Panteón Runo · III


El Maestro del Éxtasis

El Panteón Runo · III

Hay dioses a los que se les reza. A Odin no.

Odin no es un dios al que se le ofrenda. Es un dios al que se le imita. Su devoción consiste en hacer lo que él hizo: sacrificarse a sí mismo, descender al lugar donde la conciencia ordinaria no llega, y regresar con algo que antes no existía. La religión que lo tuvo como centro no fue nunca una religión. Fue un oficio.

Por eso al final de la Parte anterior, cuando hablé del óðr — la facultad del éxtasis — y dije que es el mismo radical que está en el nombre del dios, dejé la frase suspendida. Esa frase quería abrir esta. Toda esta tercera parte es la respuesta a una sola pregunta: quién es realmente el dios cuyo nombre significa "Maestro del Éxtasis".

Toda mitología seria tiene esta peculiaridad: el nombre del dios no es decorativo. El nombre dice qué hace, qué es, qué exige. En el caso de Odin, esto no se interpreta — se traduce.

El nombre proto-germánico es Wōdanaz, formado por dos partes: wōd- — éxtasis inspirado, furor, embriaguez de la palabra y de la visión — y -anaz — señor de, maestro de. Literalmente: el Maestro del Éxtasis Inspirado.

No es el dios del trueno; ese es Thor. No es el dios de la justicia; ese es Tyr. No es el dios de la guerra como categoría — los nórdicos no organizaban su panteón por funciones romanas. Es el dios de una cosa muy precisa: el estado de conciencia en el que la mente ordinaria afloja su control y algo más antiguo empieza a hablar a través de uno. Wōd. Furor poético. Posesión chamánica. Visión profética. Todo eso lo nombra una sola palabra que está enterrada en el nombre de Odin.

Por eso cuando los germánicos del continente hablaban de Wodan, los anglos de Woden, los nórdicos de Óðinn — estaban diciendo lo mismo. Todos nombraban al dios cuya esencia es el éxtasis controlado. El éxtasis no como pérdida de sí, sino como ganancia de algo que solo se gana cuando uno se ha entregado.

Hay un poema que todo aquel que se acerca seriamente a esta tradición termina memorizando. Es Hávamál 138, y dice algo que la imaginación occidental no termina de digerir:

Sé que pendí del árbol azotado por el viento
nueve noches enteras,
atravesado por la lanza,
ofrendado a Odin —
yo mismo a mí mismo.

Léase despacio.

El dios cuelga del árbol cósmico, atravesado por su propia lanza. Está dedicado en sacrificio. ¿A quién? A sí mismo. El sacrificador, la víctima y el dios destinatario son la misma entidad.

Esto no es un detalle decorativo del mito. Es la operación entera. En todos los sistemas sacrificiales antiguos — védicos, griegos, mesoamericanos — hay un sujeto que ofrenda, una víctima que se ofrenda, y una entidad superior que recibe la ofrenda. En el sacrificio de Odin, las tres posiciones se colapsan. El dios se desdobla para entregarse a sí mismo, y en ese desdoblamiento descubre algo que no podía descubrir mientras fuera solo uno.

Nueve noches. Atravesado por la lanza. Sin alimento. Sin agua. Suspendido entre los mundos.

Y al cabo de ese vaciamiento total, las runas — los signos que estaban tejidos en la urdimbre del cosmos pero invisibles desde la conciencia ordinaria — se le aparecen. Las grita. Las toma. Cae del árbol. Þá nam ek upp rúnar, æpandi nam"entonces las tomé, las arranqué con un grito".

Esa es la primera gran ganancia del Maestro del Éxtasis. No fue dada como regalo. No fue revelada por una autoridad superior. Fue arrancada del tejido del cosmos al precio del propio cuerpo del dios. Las runas son botín de un descenso, no doctrina de un libro.

Pero el árbol no fue el único lugar donde Odin entregó algo para ganar algo.

Hay otro pozo, otra raíz del fresno, otro guardián. En las profundidades del cosmos, custodiando una de las raíces de Yggdrasil, está Mímir — el sabio cuyo nombre significa "memoria" o "el que recuerda". Su pozo contiene la sabiduría primordial, el agua que conoce lo que todavía no ha pasado.

Odin viene a beber. Mímir le dice el precio: un ojo.

Odin se arranca el ojo, lo deja caer en el pozo, y bebe.

A partir de ese momento es tuerto. Su ojo izquierdo queda en el agua de Mímir, mirando para siempre desde abajo. Su ojo derecho mira al mundo desde la altura. Mientras la mayoría de los hombres ven con dos ojos lo aparente, Odin ve con uno lo aparente y con el otro — el que ya no tiene — lo que está debajo.

Cualquiera que ha pasado tiempo en el trabajo chamánico reconoce esta operación. La visión profunda no se añade a la visión ordinaria — la sustituye en parte. Se pierde algo para ganar algo. La capacidad de ver las texturas del otro lado del velo se cobra en capacidad de ver las texturas de este. No es pérdida total: es desplazamiento. El dios completo no es ciego — es asimétrico.

Hay una frase de Tagore que en este contexto adquiere otra densidad: Cerré los ojos y vi. Eso es Odin en Mímir. Eso es el chamán cuando deja caer en el agua una parte de su mirada para poder leer lo que estaba debajo del agua.

Aún falta una ganancia. Si las runas son la sabiduría rúnica y el ojo de Mímir es la visión profunda, falta lo que para el Maestro del Éxtasis es tal vez lo más característico: la palabra inspirada.

El hidromiel de la poesía — Óðrørir, literalmente "el que pone en movimiento el ódhr" — fue forjado con la sangre de Kvasir, el más sabio de los seres, asesinado por dos enanos que mezclaron su sangre con miel. La sustancia tenía la cualidad de que quien la bebiera hablaba versos verdaderos, profecías exactas, palabras que cambian al que las escucha.

Tras una sucesión de crímenes, el hidromiel terminó en manos del gigante Suttungr, escondido en la montaña de Hnitbjörg, custodiado por su hija Gunnlöð.

Odin no manda emisarios. No negocia. Va él mismo. Se transforma en serpiente para atravesar el muro de la montaña, seduce a Gunnlöð, pasa tres noches con ella, bebe el hidromiel en tres tragos enormes, se transforma en águila para escapar, y vuela hasta Asgard con el contenido en el buche. En su huida vierte una parte por el camino, que cae a tierra y se llama, desde entonces, la parte del rimador — la porción accesible a los poetas humanos.

El cuento es transparente. La palabra inspirada no es propiedad del dios — es algo que el dios mismo robó, transformándose, descendiendo a otro mundo, seduciendo al guardián, y regresando. El poeta humano que recibe inspiración recibe, literalmente, una gota del hidromiel que Odin trajo del otro lado.

Cuando una lectura de tarot avanza sola, cuando las palabras salen sin que uno las piense, cuando la consulta dice algo que el consultante reconoce pero el consultor no había pensado decir — esa es la gota. No metafóricamente. Operativamente. Es el ódhr en movimiento. Es el Maestro del Éxtasis pasando por la boca del chamán-poeta.

Hay un Arcano del Tarot que pertenece a este capítulo aunque no esté nombrado en ningún manuscrito nórdico. Arthur Edward Waite, al diseñar su baraja con Pamela Colman Smith en 1909, no escondió la fuente: la imagen de El Colgado está calcada — postura, suspensión, halo — del mito de Odin pendiendo de Yggdrasil.

La iconografía del Arcano XII es muy precisa. Un hombre suspendido de un árbol o de una horca, cabeza abajo, con una pierna doblada formando un cuatro invertido. Sus manos están atrás, no luchan contra la cuerda. Su rostro no muestra dolor. Detrás de su cabeza brilla un nimbo dorado — el halo característico de la iluminación mística.

Esta carta no representa tortura. Representa suspensión voluntaria. El sujeto no está siendo castigado: se ha dejado caer en una posición donde la mirada ordinaria es imposible y la mirada invertida — la que ve el mundo al revés — es lo único disponible.

Quien lee el Arcano XII como castigo lo lee mal. Quien lo lee como pausa interior, como vaciamiento, como suspensión voluntaria de la voluntad ordinaria para que otra cosa pueda ocurrir — está leyendo a Odin sin saberlo.

Por eso cuando aparece esta carta en una consulta no anuncio tragedia. Anuncio entrega. La carta dice: hay algo en tu vida que está pidiendo ser soltado por un tiempo. No combatido — soltado. Y mientras estés en esa suspensión vas a ver algo que mirando como mirabas no ibas a ver nunca.

El Maestro del Éxtasis está pintado en el corazón del Tarot. Ningún tarotista lo nombra. Yo prefiero nombrarlo.

En 1936, Carl Gustav Jung publicó un ensayo breve y perturbador titulado Wotan. Estaba viendo, desde Suiza, lo que ocurría en Alemania. Y lo que escribió desafió a todos los analistas políticos racionalistas de su época.

Su tesis: los dioses paganos germánicos no habían sido aniquilados por la cristianización. Habían sido enterrados. Y los arquetipos enterrados — esto es central en su pensamiento — no mueren. Esperan. Se mueven en el inconsciente colectivo. Y cuando las condiciones lo permiten, vuelven a la superficie con una fuerza desproporcionada respecto a la conciencia que los recibe.

Lo que Jung vio en Alemania no era política. Era arqueología psíquica. Wotan — el viejo dios germánico del furor, del éxtasis colectivo, del frenesí — se había despertado en el inconsciente de un pueblo entero, y estaba moviéndolo. No en forma religiosa explícita. En forma de movimiento masivo, de éxtasis multitudinario, de embriaguez ideológica.

La advertencia jungiana es escalofriante: los arquetipos autónomos actúan. No son símbolos pasivos esperando ser interpretados. Son fuerzas con voluntad propia que se manifiestan a través de los pueblos cuando esos pueblos pierden conexión consciente con ellos. El dios reprimido regresa transformado en sombra colectiva.

Esto no se cita aquí como dato histórico. Se cita como advertencia operativa. Los dioses que la modernidad declaró muertos no están muertos. Están en el inconsciente colectivo. Y cualquiera que practica trabajo simbólico serio — tarot, runas, magia ritual, chamanismo — está, lo sepa o no, manejando fuerzas que pueden moverse solas si no se les da el cauce correcto.

Wotan despierto y sin cauce es uno de los peores fenómenos del siglo XX. Wotan despierto y canalizado a través del oficio chamánico es lo que se hace cuando, en una consulta seria, se deja que el ódhr pase por uno sin perderse en él.

Llegamos finalmente a lo que en el lenguaje técnico de la tradición runística moderna se llama la doctrina del Odian. La formuló con precisión Edred Thorsson, y dice algo que ningún sistema religioso posterior se atrevió a formular tan claro:

El culto de Odin se vuelve hacia adentro y busca la deificación del Sí Mismo. El Odian no adora a su dios — deviene su dios.

Esto cambia todo.

Si el chamán nórdico no le reza a Odin sino que practica lo que Odin practicó — el sacrificio voluntario, el descenso a los mundos no ordinarios, el regreso con runas — entonces la mitología deja de ser religión y se vuelve manual de operaciones. Cada episodio del mito describe una operación posible. Cada herramienta del dios — la lanza, los cuervos, los lobos, el caballo de ocho patas — es un instrumento del oficio.

Esta es la diferencia entre adorar un panteón y trabajar con él. La adoración pone al dios afuera, en un altar, y se prosterna. El trabajo pone al dios adentro, como modelo, y lo imita. La primera pide protección. El segundo asume responsabilidad.

Por eso cuando en una sesión de tarot el consultante me pregunta — y a veces me preguntan — si yo "creo" en Odin, mi respuesta es siempre la misma. No es que crea. Es que practico. El dios es la operación, no la fe.

Y la operación, una y otra vez, es la misma: entrégate de tal manera al éxtasis que el éxtasis no te disuelva. Desciende sin perderte. Regresa con algo que no tenías. Que ese algo cambie a quien te consulta.

Hay una pregunta que algunos lectores se estarán haciendo, especialmente los que llegaron a esta saga por la Parte II. Si Odin es ya tantas cosas — el del éxtasis, el de las runas, el del hidromiel, el del ojo, el del culto vuelto hacia adentro — ¿cuántas más caras tiene?

La respuesta antigua es ocho.

Las ocho grandes hipóstasis que la tradición runística distingue como aspectos plenamente desarrollados del mismo dios: Vili, Ve, Lódhurr, Hœnir, Mimir, Heimdallr, Hödhr — y la más oscura de todas, que ya nombramos en la Parte II y que vuelve. Ese es el siguiente capítulo. El Panteón Runo · IV. Hay que mirar las máscaras del dios completo de la conciencia para entender cómo, en el sistema nórdico, la sabiduría más alta y la traición más profunda comparten la misma sangre.

Por ahora, basta esto:

A Odin no se le reza.
A Odin se le imita.
Y quien lo imita empieza siempre por la misma puerta — la del propio cuerpo, entregado.

Los Dioses del Umbral

Los Dioses del Umbral El Panteón Runo · II


Los Dioses del Umbral

El Panteón Runo · II

Los dioses no llegaron a mí por los libros.

Llegaron por el trabajo — en ese espacio entre el trance y el regreso, cuando la mente ordinaria afloja su control y algo más antiguo empieza a moverse con autoridad propia. Los reconocí antes de saber sus nombres con precisión. Primero fue la cualidad: una energía más fría que los arquetipos celtas, más austera que los del panteón mexica, que no consuela sino que exige y calibra.

Cuando finalmente los nombré, lo que sentí no fue descubrimiento. Fue reconocimiento.

El panteón nórdico está dividido en dos familias que libraron una guerra antes de hacer las paces: los Aesir y los Vanir. La mayoría de los relatos trata esa guerra como historia mítica. Yo la leo como la descripción más precisa que cualquier tradición antigua haya producido del conflicto central en la psique humana.

Los Aesir son la conciencia que organiza. Odin con su sed de conocimiento y su disposición al sacrificio sin garantía de retorno. Thor con su martillo que establece el orden y protege los límites. Tyr con su justicia que exige el precio exacto — él lo sabe mejor que nadie: perdió la mano para que el mundo pudiera seguir funcionando, y no hay en toda la mitología nórdica un gesto más lúcido sobre lo que cuesta sostener la ley. Los Aesir viven en Asgard — que no es un lugar sino un estado: la mente que nombra, que construye estructuras para habitar el caos, que distingue entre lo que es y lo que debería ser.

Los Vanir son lo que existe antes de que la conciencia llegue a organizar. Freyja, que practica el Seiðr — la magia más antigua y más temida del norte — y que llora lágrimas de oro cuando el deseo no se cumple. Freyr, que rige la fertilidad y el placer y que entregó su espada mágica por amor, quedando así desarmado para el Ragnarök. Njörðr, señor del mar y los vientos, que vive en la orilla donde el agua y la tierra no terminan de separarse. Los Vanir no piensan el mundo — lo sienten, lo huelen, lo cultivan. Habitan Vanaheim, que Thorsson describe con precisión: el reino del patrón orgánico, de las fuerzas en equilibrio fértil, de lo que fluye sin necesidad de ser comprendido para funcionar.

La guerra entre ambas familias no tiene vencedor claro. Termina en empate, en intercambio de rehenes, en una paz que no es rendición sino integración. Los Vanir entran a Asgard. Los Aesir aprenden el Seiðr de Freyja. Y ese movimiento — la conciencia que aprende a escuchar al inconsciente sin ser arrastrada por él — es exactamente lo que Jung llamó individuación. Lo que los chamanes de todas las tradiciones llaman el trabajo real.

Pero el panteón nórdico no se cierra en Aesir y Vanir. Hay un tercer eje — el más liminal, el que da nombre a este texto. Loki no pertenece del todo a ninguna familia: es jotun por sangre, hermano de sangre de Odin por elección, padre de Hel, de Jörmungandr y de Fenrir. Galdrbók lo nombra con una formulación que nadie ha mejorado después: hermano de sangre, sombra y némesis de Odin. La conciencia organizadora y la fuerza que la disuelve, conviviendo en la misma genealogía sagrada. Sin Loki el panteón se vuelve simétrico y prolijo. Con Loki el sistema admite lo que ningún esquema religioso posterior se atrevió a admitir: que la sombra del dios más sabio comparte su sangre por voluntad, no por error.

El cosmos que estos dioses habitan es un árbol.

Yggdrasill — el fresno del mundo, el eje de todo lo que existe — no es una metáfora decorativa. Es un mapa de la psique tan preciso que cuando Thorsson lo analiza en su Runelore, lo que emerge no es mitología sino una cartografía del alma humana más completa que la mayoría de los sistemas psicológicos modernos.

Los nueve mundos no son geografía. Son estados.

Asgard es la conciencia despejada — la mente que puede sostener la complejidad sin colapsar en ella. No es el cielo cristiano. Es la cima del trabajo interior: la facultad que los nórdicos llamaban hugr — el pensamiento — y minni — la memoria —, representadas por los dos cuervos de Odin, Huginn y Muninn. Mente y Memoria sobrevolando el mundo cada día, regresando al hombro del Allföðr con todo lo que han visto. Odin teme perder a Muninn más que a Huginn — y esa jerarquía no es casual: la memoria que almacena los patrones, el cofre rúnico, el depósito de todas las experiencias del alma, vale más que el pensamiento rápido que las procesa. A los pies de Odin, los dos lobos — Geri y Freki — miran en sentido contrario al de los cuervos: uno hacia este mundo, otro hacia el otro lado del velo. El dios completo de la sabiduría tiene cuatro ojos: dos arriba, dos abajo.

Midgard es la vida encarnada — el cuerpo, la experiencia directa, el lugar donde todos los mundos se encuentran en potencial. No es el mundo inferior. Es el centro de todo.

Vanaheim es el sueño y la magia orgánica — el territorio donde Freyja enseña el Seiðr, donde el futuro y el pasado no están separados por el muro del tiempo lineal. En el trabajo chamánico lo reconozco cada vez que la intuición sabe algo que la mente aún no ha procesado.

Jotunheim es el caos primordial — las fuerzas que resisten y disuelven lo establecido. No es el enemigo. Thorsson lo nombra con precisión: poder reactivo de destrucción necesario al cambio evolutivo. Sin Jotunheim, Asgard se calcifica. Sin el gigante que empuja, la estructura no se renueva.

Hel no es el infierno cristiano. Es el reino de los instintos más profundos — la inmovilidad, el inconsciente puro, el lugar donde lo que ya cumplió su función descansa antes de ser otra cosa. La diosa Hel, con su cuerpo mitad vivo y mitad muerto, no castiga. Recibe. Hay una diferencia abismal entre ambos gestos.

Y en las raíces más profundas del árbol: Niflheim con su hielo eterno — la contracción absoluta, la materia antes de ser materia — y Muspelheim con su fuego expansivo — la energía pura antes de tener forma. Estos dos no son mundos que se visitan. Son las fuerzas que hacen posible la existencia misma.

Y rodeándolo todo, mordiéndose la cola, Jörmungandr — la serpiente de Midgard. La línea que cierra el cosmos en sí mismo y lo vuelve circular. Sin ella el árbol sería estructura abierta; con ella el mundo es un huevo.

Pero el mapa no es el territorio. Y aquí es donde el sistema se vuelve chamánico en lugar de meramente filosófico.

Lo que distingue al vitki — al runemaster, al trabajador del camino iniciático nórdico — no es que conozca los nombres de los mundos. Es que puede moverse entre ellos conscientemente. La tradición antigua distingue dos modos de ese movimiento: el trance aesírico — el ascenso hacia Asgard, la invocación deística, la conciencia que se eleva — y el trance disírico — el descenso hacia Hel, la mediumnidad ancestral, la conciencia que se hunde. Ambos son trabajo. Ambos requieren oficio. Ningún chamán genuino practica solo uno: el que solo asciende se vuelve abstracto, el que solo desciende se pierde.

Lo que define al vitki es la capacidad de bajar a las raíces del árbol, al territorio de Hel y de las Nornas, recoger lo que solo existe en la oscuridad, y regresar a Midgard sin perderse en ninguno de los dos lados.

Eso lo reconozco. Es el mismo movimiento que en el trabajo chamánico llamamos descenso: la disposición a ir a los niveles donde la conciencia ordinaria no llega, donde las respuestas que la mente racional no puede generar sí existen, y volver con algo que cambia la comprensión del consultante — o la propia.

En esa operación los dioses no son figuras distantes. Son interlocutores.

Cuando trabajo con la runa Tiwaz, no invoco un dios guerrero abstracto. Convoco la cualidad de Tyr: la justicia que exige exactamente lo que cuesta, sin redondear hacia abajo, sin piedad que sea en realidad cobardía. Hay momentos en la lectura donde la carta que cae no puede ser suavizada. Tyr enseña cómo decir eso.

Cuando trabajo con Fehu — la runa del ganado, la energía que circula y se mueve — es Freyr quien habla: la abundancia como fuerza viva que no se acumula sino que fluye. El consultante que retiene la energía por miedo a perderla está bloqueando exactamente lo que necesita moverse.

Cuando aparece Hagalaz — el granizo, la tormenta que destruye la cosecha antes de que pueda madurar — es Hel quien recibe lo que ya no puede continuar, y las Valquirias quienes recogen lo que merece otra forma de existir. El arcano de la Muerte en el Tarot y la runa del granizo dicen lo mismo: no preguntan de qué manera va a terminar algo. Preguntan qué clase de transformación estás dispuesto a encarnar.

Lo que encuentro más filosóficamente riguroso en este sistema es su negativa a dividir al ser humano en dos partes — alma y cuerpo — como si fueran sustancias de naturaleza diferente.

Los germánicos describían al ser humano completo a través de nueve conceptos entrelazados: cuerpo físico (lík), forma sutil (hamr), facultad del éxtasis (óðr), aliento vital (önd), mente (hugr), memoria profunda (minni), sombra/alma post-mortem (sál), espíritu acompañante (fylgja) y poder protector personal (hamingja). No son capas independientes. Son aspectos de una sola realidad psicofísica que interactúan constantemente.

El óðr — la facultad del éxtasis — es el mismo radical que está en el nombre de Odin. El Wōdanaz proto-germánico: el que porta la fuerza del éxtasis inspirado. Odin no es solo el dios de la sabiduría. Es el arquetipo de la conciencia que ha aprendido a acceder a sus propios niveles más profundos — que ha cruzado el umbral entre Huginn y Muninn, entre el pensamiento rápido y la memoria que almacena los patrones del alma.

En términos junguianos: el proceso de individuación completo.
En términos chamánicos: el trabajo real.

Hay una práctica que los nórdicos describían como seiðr — la magia de Freyja, aprendida luego por Odin — que no tiene equivalente exacto en ningún otro sistema que conozco. No es magia operativa en el sentido de manipular el entorno. Es magia perceptual: la capacidad de ver el patrón de una vida, de leer el wyrd — el tejido del destino — sin interferir con él innecesariamente, pero actuando con precisión donde la intervención es posible.

Eso es, en mi práctica, lo que ocurre en una lectura de tarot bien hecha. Las cartas no predicen el futuro como cálculo lineal. Revelan el patrón. Muestran el wyrd en curso — las capas de acción acumuladas que las tres Nornas ya tejieron: Urd que despliega lo que fue, Verdandi que hace devenir lo que está siendo, Skuld que cobra lo que la vida adeuda — y las posibilidades que todavía están abiertas.

Freyja lo hubiera reconocido. No como sistema equivalente al Seiðr, sino como otro lenguaje para la misma operación: ver el patrón antes de que la mente consciente lo interprete y lo distorsione.

Los dioses del norte no son figuras de culto para mí. Son fuerzas que reconozco en el trabajo, en los sueños, en el movimiento de los símbolos.

El panteón nórdico es el mapa más honesto del alma humana que conozco — no porque sea el más antiguo, sino porque no le tiene miedo a la oscuridad. La incluye. Le da nombre. Le asigna un mundo en el árbol. Le concede a Loki la sangre del propio Odin.

Y el árbol sigue en pie.
Incluso sabiendo lo que viene al final.

Canto Cosmogónico

Saga literaria sobre cosmología, dioses, runas y mitos del mundo nórdico, narrada desde la voz mítica del chamán-poeta Manannán mac Lir


Canto Cosmogónico

El Panteón Runo · I

Yo, nacido de gigantes, recuerdo desde antes del mundo...

Antes de que nada creciera, se arrastrara, caminara, nadara o volara en Midgard, no había nada — el Ginnungagap [0]: vasto, vacío, fecundo, vivo. Pero incluso entonces las tres Hermanas del Wyrd ya existían: Urd, Verdandi y Skuld, hilanderas que han tejido siempre los destinos de todos los seres.

Dentro del Ginnungagap, en un tiempo y lugar sin medida, los reinos polares de Niflheim, con su hielo eterno, y Muspelheim, con su fuego ardiente, se encontraron. Se formó una niebla helada y surgió el ancestro primordial: Ymir, gigante andrógino primigenio [1. Fehu]. Lo sustentaban las cuatro ubres de Audhumla [2. Uruz], la vaca cósmica que emergió a continuación del hielo. Audhumla lamió el hielo de Niflheim y de él emergió un gigante llamado Buri [3. Thurisaz], ancestro de los dioses.

Ymir durmió y, en sueños, sudó. De su axila izquierda emergió un gigante [4. Ansuz] y de la derecha, un segundo gigante [5. Raidho]. Así se formaron los primeros de la estirpe de los Jotunr. Pero la descendencia de Ymir no había terminado: una pierna se unió con la otra y nació un gigante de seis cabezas [6. Kenaz].

Entonces Bor, hijo de Buri, y Bestla, hija del gigante Bölthorn, yacieron en gozo, y Bestla dio a luz a los primeros dioses: Odin [7. Gebo] 'el aliento', Vili [8. Wunjo] 'el espíritu' y Ve [9. Hagalaz] 'la chispa vital'.

Estos tres dioses trajeron destrucción y, en esa destrucción, transformación. Había una necesidad [10. Naudhiz] dentro del abismo del Ginnungagap: un mundo en el que vivir. Odin, Vili y Ve tramaron matar a Ymir, y desmembraron entonces al gigante primordial; luego usaron las partes de su cuerpo para hacer el mundo. Del cráneo y el cerebro hicieron el cielo y las nubes bajo las que vivimos. De la carne hicieron la tierra sobre la que caminamos, nos arrastramos, nadamos y volamos. La sangre y el sudor de Ymir se hicieron arroyos, ríos, lagos y mares; los huesos, montañas; los dientes, piedras y pedregales; del cabello hicieron los árboles; las pestañas separan a los Innangardhs (seres del interior) de los Utangardhs (seres del exterior, de Midgard).

Rodeando a los Innangardhs, abrazándolos, está el gigante y poderoso Tejo Yggdrasill, el más maravilloso de los árboles, crecido de la carne de Ymir. Yggdrasill sostiene los nueve mundos. En Midgard viven los humanos y los demás seres de este mundo, incluidos los primeros humanos, Ask [11. Isa] y Embla [12. Jera], junto con animales, aves, hongos y plantas. Bajo Midgard se halla Jotunheim, hogar de los Jotunr, cuyas fuerzas elementales golpean a Midgard. Más abajo está Dokkalfheim, hogar de los oscuros y traviesos Elfos de las Sombras. Donde el caldero hirviente, Hvergelmir, yace, está Helheim; allí residen la diosa Hel y los ancestros. Por encima de Midgard se extiende Svartalfheim, donde en cavernas profundas los enanos forjan maravillas con metales preciosos y piedras. Vanaheim acoge a los Vanir, dioses de la fertilidad y de la marea de la vida. En las ramas de Yggdrasill está Ljosalfheim, donde los Elfos de Luz residen en su reino brillante. Y entre las ramas más altas de Yggdrasill, Asgard, hogar de los grandes dioses.

Así quedó establecido, completo, el Tejo Yggdrasill [13. Eihwaz]: es todo. Es un árbol de sabiduría azotado por el viento. Durante nueve largas noches, Odin se colgó de Yggdrasill, atravesado por su propia lanza, sacrificado a Odin, él mismo a sí mismo. En salvaje éxtasis tuvo una visión poderosa, aprehendió las runas, gritó, y entonces cayó de allí. Nueve hechizos poderosos aprendió del célebre hijo de Bölthorn, padre de Bestla. Odin bebió el hidromiel de Odrorir, se recuperó, se avivó y se volvió sabio, se sintió bien — aprendió los misterios de la magia Seiðr de la diosa-bruja Freyja.

En las huellas de los dioses-chamanes Odin y Freyja seguimos: ofreciéndonos a nosotros mismos en sacrificio, volando desde Midgard, viajando por el árbol del mundo en busca de sabiduría. Los chamanes atienden las runas [14. Perthro], buscan fuerza y firmeza [15. Algiz], éxito [16. Sowilo], recto juicio [17. Tiwaz] y magia [18. Berkano]. En el viaje por el árbol, montando a Sleipnir [19. Ehwaz], morimos [20. Mannaz] para este mundo, nos sumergimos con temor sagrado [21. Laguz] hacia los otros mundos, y así aprehendemos los misterios de la espiral [22. Ingwaz], ganamos sabiduría y perspicacia [23. Dagaz] y, entonces, regresamos a casa [24. Othala] desde allí, como lo hizo Odin.

Así iniciados, continuamos el viaje hacia una mayor fuerza espiritual y dirección, para que podamos enfrentar las sombras y, armados, desafiar a la muerte, alcanzar la felicidad y el contentamiento en esta vida, y así morir una buena muerte. El Ragnarök llega para todos nosotros.

¿Lo entiendes ya, o qué más quieres saber?

Yo, nacido de gigantes, recuerdo desde antes del mundo... Antes de que nada creciera, se arrastrara, caminara, nadara o volara en Midgard, no había nada — el Ginnungagap [0]: vasto, vacío, fecundo, vivo.