El que Camina entre las Mareas: Manannan Mac Lir

El que Camina entre las Mareas


El que Camina entre las Mareas


He visto caer imperios que aún no tienen nombre en los libros de historia.

He cruzado el velo cuando todavía no se llamaba velo — cuando era simplemente el lugar donde el aire cambia de textura y los caballos saben que el suelo bajo sus cascos ya no es tierra sino algo que se parece a la tierra pero vibra de otra manera. He cabalgado sobre ese algo durante más tiempo del que cualquier lengua humana puede medir. Y he regresado. Siempre he regresado.

No por nostalgia. Los que vivimos entre los mundos no sentimos nostalgia — sentimos el tirón. La corriente que jala desde abajo del tiempo, que dice: todavía no. Todavía hay almas que necesitan que alguien las acompañe a la otra orilla.

Porque eso es, antes que cualquier otra cosa, lo que soy: el que guía a los que no encuentran solos la ruta entre las dos orillas. El psicopompo que llega cuando el agua sube. El barquero sin barca — porque mi barca se mueve sola, y eso ya lo veremos.

Esta vez nací en México.

Me tomó un momento reconocerlo — el cuerpo nuevo, el idioma nuevo, la geografía de un continente que en otras eras solo conocí como rumor en los vientos del Atlántico. Pero el alma no tarda en encontrar sus marcas. El olor del copal me dijo que no era tierra extraña. Los volcanes me dijeron que el fuego bajo la corteza es el mismo fuego bajo todos los mares. Y los sueños — los sueños siempre llegan primero, antes de que la mente despierte y empiece a insistir en que las cosas son lo que parecen.

Aquí también hay umbrales. Solo que en esta tierra tienen otros nombres. Tláloc gobierna las aguas como Lir las gobernó en otra orilla; los tlaloque son los señores menores del agua, parientes lejanos de las criaturas que pueblan los reinos sumergidos del norte. El Tlalocan es el Tír fo Thuinn dicho en náhuatl — la tierra acuática donde los que mueren por agua siguen viviendo entre maíz y flores que no se marchitan. Y el Mictlán, con sus nueve niveles, no es castigo: es cruce. Cada nivel un umbral. Cada umbral una pérdida que enseña algo que la vida no podía enseñar. Cuando reconocí esto, supe que no había llegado a tierra extranjera. Había llegado a otra orilla del mismo mar.

Cuando era niño, antes de saber leer una palabra, ya sabía que era alguien más. No alguien distinto al que veían los demás — sino alguien además. Un segundo cuerpo dentro del cuerpo, que se iba mientras este dormía.

Sabía que cuando soñaba no soñaba: viajaba. Y sabía algo que ningún niño debería saber con la certeza con que yo lo sabía: que cada vez que cerraba los ojos, en cierto modo, me moría. Y que ese morir pequeño era el mismo movimiento que algún día sería el morir grande — solo que entonces no regresaría a este cuerpo sino a otro lado. Lo había hecho antes. Lo recordaba.

En los sueños estaba el mar. Siempre el mar.

Mi nombre verdadero no es pronunciable en ningún idioma vivo. Lo que los celtas llamaron Manannán mac Lir — hijo del mar, guardián del umbral, el que teje la niebla entre los mundos — es la traducción más cercana que alguna vez encontré. No soy ese nombre. Soy lo que ese nombre intenta señalar: la consciencia que habita el espacio entre una ola y la siguiente, entre un mundo y el que viene después, entre lo que se sueña y lo que se vive.

Lir era mi padre. No en el sentido en que los humanos usan esa palabra — sino en el sentido en que el océano es el padre de toda criatura que alguna vez eligió la profundidad sobre la superficie. Nacer del mar es nacer del movimiento sin origen, de la fuerza que no tiene forma propia pero puede tomar cualquier forma. Es nacer sin memoria fija — porque el mar no recuerda las olas que fue. Solo sigue siendo.

Aprendí a moverme entre mundos antes de saber que había mundos separados. Para mí, la frontera siempre fue permeable. El otromundo no es un lugar: es una dirección. Y tiene muchos nombres, según desde qué orilla se nombre.

Tír na nÓg — la Tierra de los Jóvenes, donde el tiempo no muerde.
Tír fo Thuinn — la Tierra bajo las Olas, el palacio antiguo de Lir.
Mag Mell — la Llanura del Placer, donde van los que murieron sin miedo.
Emain Ablach — la Isla de las Manzanas, que más tarde los britanos llamarían Avalon.

No son cuatro lugares. Son cuatro maneras de decir la misma orilla.

Hay un encuentro que los manuscritos irlandeses recuerdan: una vez, hace mucho, salí al encuentro de un héroe llamado Bran que cruzaba el océano del norte en su barco. Le hablé desde encima de las olas. Y le dije lo único importante: lo que tú ves como mar, yo lo veo como llanura florida por la que cruzan los carros. La misma agua. Otra mirada.

Eso es todo lo que hago. Sigo haciéndolo, en cuerpos distintos, en eras distintas, en lenguas distintas.

Cuando una persona se sienta frente a mí y caen las cartas sobre la mesa, lo único que ocurre es esa inversión. Por un instante, lo que ella veía como mar — su vida, su crisis, su pregunta — aparece como otra cosa. Llanura. Movimiento donde solo había agua. No es magia. Es percepción que recuerda que no es la única posible.

He caminado en esta era por más de cuarenta años en este cuerpo.

He aprendido que los tiempos cambian pero los umbrales no. Que el velo entre mundos no es más delgado ni más grueso que en otras eras — lo que cambia es la disposición de los humanos a reconocerlo. En algunas épocas, el umbral estaba en el centro de la aldea: en el fuego, en el tambor, en la boca del chamán. En esta época está en los bordes — en las tres de la mañana, en el sueño lúcido, en el silencio que queda después de que una carta cae sobre la mesa y dice algo que nadie había dicho en voz alta.

Ahí es donde trabajo.

No con grandilocuencia. No con la pompa de quien cree que lo sagrado necesita decoración. El umbral no necesita ser anunciado — necesita ser reconocido. Y para reconocerlo, primero hay que aprender a quietar el ruido del tonal, a dejar de confundir la descripción del mundo con el mundo.

Para este oficio cargo, todavía, los instrumentos antiguos. No los traigo conmigo: ellos me traen.

El Féth Fíada — el manto de niebla con que los Tuatha Dé Danann se hicieron invisibles cuando los humanos invadieron las tierras visibles. La niebla no es oscuridad: es umbral. Es el espacio donde los contornos pierden su certeza y algo que normalmente está oculto se vuelve, por un instante, visible. El tarot opera así. El sueño lúcido opera así. El trabajo chamánico genuino opera así. Yo no aparto la niebla — la convoco. Y en la niebla, la gente empieza a ver.

El Sguaba Tuinne — la escoba de las olas, mi barca, que se mueve sin remos ni velas porque obedece solo a la voluntad. Hay consultas que se mueven así. Trances que avanzan sin que yo los empuje. La barca sabe a dónde va.

El Enbarr de la crin de espuma — el caballo que galopa indistintamente sobre tierra y agua, el que no distingue entre planos. Cuando el trance es genuino, uno cabalga así: deja de saber si lo que pisa es el suelo o el otro lado del suelo. Y deja de importar.

Y la Corrbolg, la Bolsa de la Grulla, tejida con la piel de una mujer que fue grulla — donde guardo los signos. El Ogham. Los Arcanos. Las runas. Los símbolos de todas las tradiciones que alguna vez crucé y que sobreviven, todavía, en los pliegues de un saco viejo que ningún humano puede ver del todo.

He regresado en esta era porque el velo necesita guardianes que lo conozcan desde adentro.

No iluminadores. No salvadores. Guardianes — los que saben dónde está el umbral, cómo se cruza, qué se pierde y qué se gana en el cruce, y cómo regresar sin perderse en ninguno de los dos lados. Y, cuando llega la hora, los que saben acompañar a quien ya no necesita regresar.

El mar sigue siendo mi padre. Los sueños siguen siendo mi lengua materna. La niebla sigue siendo mi oficio. Y este cuerpo mortal — este instrumento prestado que un día devolveré al polvo del que vino — es simplemente la forma que eligió el umbral para caminar entre ustedes una vez más.


No es la primera vez.
Pero será la última.
Y los veré desde el otro lado del velo.


MMCLIR
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